
El muchacho de camiseta verde ya estaba cansado de tanto estar parado, repartiendo en vano el casi infinito pilón de panfletos cuyo destino era evidente: el cesto de la basura. El joven, cuyo nombre era Manuel, Daniel, Ariel, o alguno así, un nombre normal, facilmente identificable, pero para continuar con el relato es conveniente ponerle un nombre, ¿no?, después de todo, si se seguimos, o, mejor dicho, si sigo yo, sin nombres, la lectura va a resultar mucho más difícil. Digamos Marcos, entonces. O mejor, Joaquín. Prosigamos. Joaquín había permanecido parado durante más de media hora, una hora, quizá tres, o mejor, para redondear, dos horas, y durante todo ese tiempo había tratado de repartirle a los
compañeros sus volantes. En realidad, había tratado y había tenido éxito, pero cuando Joaquín veía cómo se tiraban a la basura, así como si nada, los panfletos que a la agrupación tanto trabajo le había costado redactar, imprimir y financiar, no podía dejar de sentirse frustrado ante la inutilidad de sus acciones por cambiar el mundo. No entendía -no podía no entender -la existencia de personas tan poco comprometidas y tan poco conscientes de que con la unión de todos se podría lograr, sin lugar a dudas, la creación de un mundo mejor.
Provenía de una familia humilde, eso no se puede negar, pero tampoco se puede negar el ascenso social que sufrió la familia, especialmente luego de haber ganado la lotería, unos 100.000$, o tal vez 200.000$, aunque si se le descuentan los impuestos tal vez quedan unos 175.000$, o unos 75.000$, si el monto había sido de tan solo 100.000$, aunque para los propósitos del relato no importa el monto exacto, ¿no?, después de todo, lo importante es que la madre ganó mucha guita cuando fue a jugar a la ruleta y ganó, hablando mal y pronto, de pura suerte, o aún más fuerte, de puro culo. Desde ese momento crucial, unos dos o tres años antes del ingreso de Joaquín a la facultad, el ascenso de la familia fue meteórico porque realizaron diferentes emprendimientos, microemprendimientos, todos a la vanguardia de los emprendimientos, todos muy exitosos, y todos recomendados por un pariente comerciante, con amplios conocimientos en mercados europeos, en importación, en exportación y, un poco, también, en el curro.
Pero volvamos a Marcos. ¿O era a Joaquín? Sí, Joaquín. Bueno, Joaquín estudiaba una carrera fascinante. Bibliotecología. Había tomado contacto rápidamente con los movimientos estudiantiles y un día lo atrajo una chica. No muy linda, si se solo se le analiza las características físicas: era demasiado alta y demasiado flaca, tenía rasgos masculinos; una nariz alargada en una cara casi deforme y cubierta de pecas; un pelo teñido de colorado, muy mal lavado, grasoso; le faltaba un diente, pero casi ni se le notaba, y parecía consumida y agobiada por todo el peso de la vida; eso sí, era muy simpática y su buena onda era su principal instrumento de seducción. De ella, Joaquín estuvo perdidamente enamorado...durante los dos meses que duró el idilio, idilio galvanizado por la cruda realidad: la chica ya estaba de novia, comprometida, casi casada, con un nene. Por suerte, Marcos, o mejor dicho, Joaquín, se enteró de todo esto antes de declararse, y de esa manera se ahorró una mala pasada con una
compañera muy apreciada. Alguien podría llegar a pensar que la decepción lo hubiera sacado de la agrupación; sin embargo para esa altura ya estaba comprometido con la lucha y ya había empezado a creer, firmemente, en la revolución y que, dicho sea de paso, el negocio de sus padres, o los negocios, en realidad, que no los mencioné, ¿no?, pero podríamos, o yo, mejor dicho, podría, decir que era la venta de lombrices, o caracoles, estaban cimentados sobre un dinero sucio, capitalista.
Ese día, el día mencionado al principio, ¿no?, el día en el que Joaquín estaba parado, repartiendo muchos volantes, y la mayoría terminaba en el cesto, ese día, Joaquín había tratado de mejorar sus habilidades oratorias y había interceptado a un chico, o mejor dicho, un joven, de unos 25 años o tal vez 20 años, pálido y taciturno, y trató de convencerlo de ir a la marcha del viernes a las 18 hs (la información estaba en el papel verde rectangular plegado por la mitad, de tal modo que el pliegue creaba 2 cuadradados de igual tamaño y que a su vez formaban 4 páginas llenas de información sobre la marcha, el capitalismo, el estado de la facultad y un
Bush go home insertado en alguna parte). Lamentablemente para el muchacho de la camiseta verde, era evidente que su interlocutor, por más de que le dijera ajá ajá ajá, no le prestaba la más mínima atención y que estaba pensando en otra cosa, o cosas, o muchas cosas, o tal vez no pensaba en nada... Y mientras Marcos, ¿o era Joaquín?, ah, sí, Joaquín, hablaba, se sentía como si estuviera conversando con una pared y que sus palabras rebotaban y se perdían en los pasillos del edificio en donde se encontraban, ambos, Joaquín y el joven pálido, parados, especialmente Joaquín, que no se había sentado hacía ya varias horas. La lucha le resultó infructuosa, a Joaquín, ¿no? y al darse cuenta de que a pesar de la increíble mejoría de sus poderes de orador no le garantizaban, para nada, un éxito en la transmisión de su ideología, decidió dejarlo en paz, al joven pálido, aquel que parecia apurado, taciturno, desconcentrado.
Pasaron unos minutos (u horas, tal vez, no viene al caso) y los panfletos finalmente se le acabaron. El último se lo dio a una muchacha rubia, muy bonita, pero demasiado aburguesada para los gustos de Joaquín. Por su cabeza, por la de Joaquín, claro está, pasaron dos pensamientos cuando sus dedos, trigueños, dañados por el trabajo de adolescente que tuvo en un taller mecánico, rozaron la mano de la jovencita rubia al momento de entregarle el folleto con la información sobre sobre la marcha, sobre el capitalismo, el estado de la facultad y con el
Bush go home insertado en alguna parte: por un lado, estaba feliz, porque había cumplido con su misión, o sea, entregar los panfletos; pero por otro lado, lo compungía la imagen mental de una legión de jóvenes desinteresados, liderados por el jóven pálido y la muchacha rubia, tirando sus panfletos a la calle, o a al cesto, o por los pasillos, o, peor aún, que esos panfletos rectangulares fueran directamente usados como papel higiénico.
Pero mucho no podía hacer. Su mente estaba concentrada en otra cosa más importante: sentarse Después de todo, era humano y necesitaba aflojar los pies. Con rapidez, subió las escaleras y en el segundo piso se cruzó con un grupo enorme de gente, todos esperando para cursar, y vio también al joven pálido, desinteresado en política, conversando con, ¿deja vu?, la chica rubia, una chica muy linda, para Joaquín, y, aparentemente, para el joven pálido también, pero él, Joaquín, no les prestó atención más de dos segundos y fue directo al buffet, cruzándose con más alumnos en el camino y con una mujer entrada en años -¿una docente tal vez?- y al llegar, al buffet, ¿no? pidió un café cortado, se dirigió a uno de los asientos desocupados, se sentó, sobre una silla, claro está, apoyó su café sobre la mesa y pensó que el día iba a ser muy largo. También tenía que estudiar.