Saturday, February 18, 2006, posted by Nemesis at 10:55 AM

La espantosa melodía de los caños de escape de los automóviles, colectivos taxis y motos, que llevarían a la sordera a la mitad de los habitantes de la ciudad si no fuera por la existencia de otros instrumentos tan o más para la eliminación del sentido del oído (como los walkman), palidecían ante el apabullante ruido de mi estómago, que pedía a gritos, o rugidos, la ingesta de cualquier substancia que tenga la cualidad de ser comestible y /o bebible.
Como de costumbre, estaba viajando sólo por la ciudad, lo que me permitía elegir, sin largos debates, tanto el lugar donde comer como lo que iba engullir; y, además, me sobraban unos pesos , no muchos, los cuales me otorgaban la posibilidad de comer algo que no fuera un intoxicante pancho vendido en esos puestuchos que están en cualquier plaza, ni tampoco esas aberrantes y descompuestas hamburguesas, vendidas por el mismo señor, que tosen y estornudan y lloran chorros de grasa hedionda frente a la posibilidad de ser mordidas.
Y ese día tenía ganas de comer empanadas. No podían estar tan caras, y como me sobraban unos pesos, como ya dije antes, me podía dar el lujo de ir a una rosticería para pedir 2 (las cuestiones de miserabilidad no se discuten: si pedía más, la vuelta a casa se complicaba).
Había un lugar que parecía medianamente bueno, tanto desde el aspecto higiénico (las personas que atendían no eran chinos acribillando ratas detrás del mostrador, ni había chorizos nucleares que pidieran a gritos ser devorados para lograr el objetivo del la siempre nefasta explosión estomacal), como desde el aspecto de la comida en sí misma: todo tenía un look que los convertía en apetecibles platos destinados a ser devorados.
Entré al negocio y la señora que atendía, una mujer de aproximadamente unos 50 años, canosa, de tez trigueña, que tenía cara de ser una de las mejores madres, o abuelas, del mundo, me preguntó amablemente que deseaba llevar. Mi respuesta fue, obviamente empanadas, y ante la mera producción de esta palabra mis secreciones salivales creaban un manantial de agua que se escurría en mi boca. Quería unas de pollo, que nunca tienen aceitunas, porque las aceitunas no me gustan y, si las pruebo, mis ganas de devolver lo recientemente ingerido se hace evidente cuando mis ojos saltan de su lugar y de mí sale un liquido que en nuestros días se llama vómito.
Obviamente, a la amable señora le comenté mi desagrado por esas cosas verdes que sirven para adornar las pizzas, pero con una sonrisa en la cara, y siempre dispuesta a ayudar, la mujer me dijo que no me preocupara y acto seguido me dio dos empanadas de pollo recién salidas del horno.
Antes de empezar el acto de comer, ella me preguntó que andaba haciendo (al parecer la socialización era su fuerte) y yo le contesté lo que había que contestar: estaba sólo, haciendo nada, una tarde de septiembre en la ciudad autónoma de Buenos Aires.
Desafortunadamente, la charla no pudo seguir ya que un nuevo sonido de mi estómago me recordaba que había ido a hacer en ese local. En ese mismo lugar, y al tener tiempo de sobra, me quedé a comer mis dos empanadas….
El primer bocado fue una increíble sensación de placer, superior a cualquier otro pagano placer existente sobre la faz de la tierra... el calor de la carne de pollo la sentía desplazarse por el esófago, y desembocar en el centro de mi hambriento ser. Ya estaba pensando en comprar una tercera delicia hecha en el local…el segundo bocado confirmó mis sospechas: la empanada sólo podía ser comparada a aquellos alimentos que sólo consumen los dioses del olimpo...
Pero durante la tercer masticada de masa, repulgue, pollo y condimento, mis papilas gustativas percibieron algo raro dentro de esa exquisita explosión de sabor empanadal. Había algo perfectamente reconocible, pero que mis mecanismos de defensa psicológicos, en este caso la negación, me hacían pensar que todo debía ser un error, que no podía ser el destino tan cruel como para que me haga eso……..
En efecto, era una aceituna. Y tenía un tamaño descomunal, más grande que cualquier rata que hubiera podido encontrar en uno de esos restaurantes chinos que hay en el barrio de Belgrano. Cuando finalmente acepté la cruda realidad, sufrí por dentro… tenía la necesidad de escupir todo…..pero no podía….en el lugar había mucha gente, y para colmo de males, dos bellas doncellas de 16 años habían entrado para hacer su orden de tarta de acelga y choclo.
Ni Thor, ni Ares, ni Hércules, ni Son Goku jamás hicieron la fuerza que hice yo para tragar lo que era intragable. Jamás. Ni siquiera había pedido ningún tipo de bebida como para poder hacer un traga-chup con alguna gaseosa cola que vendían a un abusivo precio. De inmediato, y afortunadamente sin vomitar, ordené que me dieran un jugo de naranja, y me fui del lugar, llevándome las empanadas en la mano, una entera y la otra por la mitad, con su contenido cayéndose por el piso y desparramándose hasta llegar, sin que nadie se de cuenta, a las suelas de las zapatillas de todos los que caminaban dentro del negocio.
Afuera, bebí todo el jugo de naranja (que al final era de pomelo), tiré las empanadas...y mi estómago no molestó más.
 
4 Comments:


At Tuesday, February 21, 2006 11:20:00 PM, Blogger María Cielo

Muy buena narración, aunque omitiría al menos 500 palabras destinadas a la descripción.
..............................................¿Tanto asco te dan las aceitunas?........................................... Y a mí que me gustan tanto......!

 

At Wednesday, February 22, 2006 12:31:00 PM, Blogger molkito25

hola ale como estas tanto tiempo???? che te iba a decir que las mesas para anotarse en los finales ya estan a partir de las 18hs... te cuento que yo no voy a dar Bouley asique vas a tener que estudiar solo (ah!! re forra la mina :P)bueno espero verte pronto saludos
Ingrid

 

At Wednesday, March 01, 2006 2:55:00 PM, Anonymous marian

cheee...Ingrid....na que ver el comentario...jajajajajjaaaaaa
Y las empanadas y las aceitunas que te parecieron??????....jajajajaaaaa....Muy bueno Ale...

 

At Tuesday, March 07, 2006 1:38:00 PM, Anonymous Nadia

Encontrar una aceituna dentro de una empanada no es tan desagradable como una colilla de cigarrillo en una tarta de jamón y queso... acredíto!