
El perpetuo tictaqueo del reloj me irrita. Mucho no puedo hacer, salvo apagarlo, pero en mi mente el recuerdo de las agujas moviéndose y el tiempo fluyendo implacable hacia la indefinición no me permitirían concentrarme ni aunque le saque las pilas al guerrero de Cronos.
Por eso lo dejo andando.
Porque me recuerda la finitud, me recuerda el silencio, me recuerda los tiempos pasados y futuros, me recuerda la muerte, la vida, la tristeza, las alegrías, las presiones, el amor, los amores del ayer, me recuerda los amores del mañana, me recuerda aquello que no hice y aún puedo hacer, aquello que nunca hice y jamás haré, me recuerda el no poder recordar, la desesperación de no poder crear, la posibilidad de inventar.
Siete minutos, no más.
Enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio. Julio. Julio. Hay una frase muy usada a mitad de año: "cómo pasa el tiempo, ¿no?". Sí, una de las características del tiempo es su apetito voraz. Con su primer lugarteniente, el reloj, reparte sus tic tac tic tac tic tac con el transcurso de cada segundo, entumeciéndonos y utilizándonos de alimento para la memoria.
Cinco minutos.
Se me acaba el tiempo. El fin está cerca; estoy desesperado, advierto la imposibilidad de actuar, el bloqueo de la imaginación y la supresión de las sensaciones. No entiendo por qué, pero me acelero, troto con los dedos aunque comprendo de antemano la futilidad de mis acciones; la ansiedad me embriaga con su perfume y refuerza mi falta de rapidez. Sufro por no poder alcanzar el tic tac, tic tac, tic tac y por no poder concluir.
El reloj está ahí viéndome, escaneándome, riéndose de mi. Su forma insulsa, cuadrada, celeste cielo, con agujas negras y numeritos romanos no me provoca ninguna, ¿ninguna?, emoción excepto la locura. Es su ruido, ese ruido penetrante que se instaló en mi memoria a corto plazo lo que tengo presente en este momento, sin poder sacármelo de la mente, padeciendo la derrota de la batalla.
El tiempo se acabó.
Perdí.

