A María Cielo
¿Sabés qué? Te pido perdón.
Te pido perdón por no haberte escrito nunca un poema. Me hubiera gustado haber nacido poeta romántico, como aquellos que a vos tanto te gustan, para poder expresar con sutileza en un soneto las emociones que me suscitás cuando te sueño y que mis palabras sencillas jamás podrán reproducir con exactitud por escrito.
También te pido perdón por no haberte dedicado una historia sonrosada, repleta de pasión y de conclusión feliz, falacia perfecta de nuestra historia. Seguramente nunca escriba nada así. Deambulo por calles dominadas por el desinterés de sombras somnolientas que alguna vez supieron ser personas y cuyas vidas vacías son fuente para mi prosa. Pero aunque es de este mundo deteriorado del que me nutro, necesito hacerte saber que la única fuente de dicha siempre fueron tus palabras y tus sonrisas guardadas con ahínco en mi memoria, a la cual accedo ahora mientras me recuesto en mi lecho, tratando en vano de olvidarte.
Y te pido perdón por no ser como el poeta, a quien elegiste por poder ofrecerte aquello que yo jamás te podré dar. Quiero que sepas que a lo mejor él pudo haberte dedicado los versos más tristes una noche, versos cuyo influjo te tomaron de la mano y te acompañarán de ahora en más por un sendero de ensueño formado por narcisos y tulipanes, pero estoy seguro de que su ostentación con la metáfora, la aliteración o el retruécano no podrán falsificar en estrofa la intensidad del amor que alguna vez te tuve...y te sigo teniendo.
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En medio de una oscuridad brillante la pesadilla la arrancó del descanso. El ruido del silencio era tan perturbador y los remanentes del sueño tan vívidos que no pudo evitar sentir un entumecimiento de las piernas, acompañado por sudor frío que le recorrió la espalda y le disminuyó en unos grados el calor corporal. No levantó las cejas cuando se le humedecieron los ojos al recordar que ella estaba sola, que a su lado no había poeta alguno acompañándola y que esa figura que acababa de soñar tampoco existía.