
Cuando estás en primaria, mirás a los chicos de secundaria y crees que su vida es mucho más tranquila y divertida que la tuya. Los observas con detenimiento, casi como si fueran una especie maravillosa que recién se descubre, y los querés emular. Por eso pensás: "Cuando yo esté ahí, voy a ser feliz".
Al llegar a la secundaria, el tedio del colegio te aburre mortalmente. Con todo el corazón esperás que esa cárcel se termine. Ves a los jóvenes universitarios, todos trabajando e independientes y los envidias. Por eso pensás: "Cuando vaya a la Universidad, voy a ser feliz".
En la universidad, los prácticos los parciales, los finales y el estrés del día a día te fagocitan. Por eso pensás: "cuando termine la facultad y me casé con mi pareja, voy a ser feliz".
Terminó la facultad, te casaste, tuviste hijos, pero la crianza te produce dolores de cabeza porque los bebés y los niños chiquitos son muy agotadores. Y para colmo, la vida en matrimonio no es exactamente lo que esperabas; las cuentas rebosan por todas partes y nunca hay un tiempo libre para vos. Por eso, pensás: "cuando los chicos crezcan, voy a ser feliz".
Los chicos crecen, son adolescentes, pero sus rabietas te exasperan. Empiezan a aparecer algunos dolores, normales, habituales, en personas de cierta edad. Por eso pensás: "cuando los chicos se vayan de casa, y pueda atenderme al 100%, voy a ser feliz"
Los chicos se van. Pero sentís tu casa vacía. Querés compañía, y por eso le pedís a tus hijos que te den nietitos, así los podés cuidar a ellos. Por eso pensás: "cuando tenga nietos, voy a ser feliz"
Tenés nietos. Una tarde, mientras los cuidás, sentís en un dolor en el pecho. Tus nietos llaman a tus hijos y ellos te llevan a un hospital. Allí te entuban, te ponen respirador, y te atan a máquinas para sostener tu vida. Mientras tu cuerpo se debilita, sos conciente de que el fin se acerca. Y antes de cerrar los ojos por última vez, te preguntás: ¿cuándo fui feliz?

