A los 6 años se percató por primera vez de un hecho inaudito: jamás le habían tomado una fotografía. En todas partes de la casa se podían encontrar fotos de cada uno de los miembros de la familia...pero de Nico, nada de nada. Si uno era invitado a la casa, era posible ver captado en fotos cómo crecieron los hermanos a lo largo de los años. Quizá, si a uno lo invitaban a pasar al dormitorio de los padres, era posible ver una instantánea de la pareja cuando jóvenes. O incluso se podía ver la transformación de la mismísima abuela, que pasó de ser una joven en tono sepia a una anciana retratada en los colores más vivaces.

Pero de Nico no había ningún registro fotográfico. Nunca dijo palabra alguna sobre el tema porque era muy estúpido pensar que jamás le habían sacado una mísera foto. ¡Era obvio que en alguna parte de la casa (quizás en el altillo, o quizás en el sótano) podía encontrar una prueba que demostrara la existencia de fotos suyas! ¿Alguna vez inspeccionó la casa para encontrar las pruebas que ratificaran su suposición? No.
Poco tiempo después de cumplir los quince años, el tema resurgió en la vida del ahora adolescente. Nico pasaba gran parte de su tiempo en la casa de Lean, un amigo del colegio secundario con quien compartía largas horas hablando de minas, de autos, de fútbol, y de "hacer cosas de grandes". La madre de Lean, una mujer de cuarenta y tantos solía sacarle fotos a los amigos de de su hijo. Ella creía con firmeza que la vida debía ser registrada en instantáneas que documentasen los momentos felices de nuestras vidas. En su casa había creado una suerte de altar en el cual atesoraba las fotos que le sacaba a su hijo y a los amigos de éste. Era un lugar que a Nico le llamaba la atención y que, a decir verdad, le generaban una cierta envidia porque él no estaba ahí a pesar de ser el mejor amigo de Lean. Pensó, durante los primeros días y las primeras semanas, que sería una cuestión de tiempo que aparecería en el altar, junto a los otros adolescentes. Pero a medida que pasaban los meses, la realidad resultó ser muy diferente. ¿La madre de Lean era simpática? Sí. ¿Siempre se dirigía a Nico con dulzura y comprensión? Sí. ¿Le pidió que pose en el patio del fondo de la casa, junto al naranjo, como ella había hecho con cada uno de los otros amiguitos de Lean? No. Nuevamente, Nico no dijo ni una palabra al respecto.
Ya cuando tenía veinte años, Nico empezó a salir con Paula, una fotógrafa amiga de la novia de Lean. Su relación no estaba repleta de pasión; era una relación más, de esas que surgen para no estar sólo. Sin embargo, lo inconcebible maquinó en Nico un sensación de enfado que, aunque lo disimulaba, engendraba el engranaje más importante de una maquinaria orientada al fin de la pareja: Paula se negaba a sacarle una foto.
No lo hacía porque, según ella, no le gustaba mezclar sus asuntos laborales con los sentimentales. A Nico le parecían patrañas. ¡Era mentira! ¿Por qué justo a él no le sacaba una pequeña foto si ella retrataba con su cámara casi todo lo que se le cruzaba? ¡Incluso continuaba atesorando fotografías de ex novios!
Nico ya se había acostumbrado a este tipo de conducta. Por eso, no dijo palabra alguna al respecto. De nuevo.
¿Por qué nadie se percataba de la existencia de Nico? ¿Era acaso un fantasma y él jamás se había dado cuenta? ¿Era feo? No, no lo era y de eso estaba seguro...aunque tampoco era lindo. Era normal, aunque debía admitir que tenía una nariz que no era proporcionaba al resto de la cara. Tenía pecas, y algunas pequeñas -pequeñísimas- cicatrices en sus mejillas producidas por el acné que tuvo durante su adolescencia. ¿Pero eso era lo que causaba que nadie quisiera sacarle una foto? ¿O, en realidad, las personas que lo conocían simplemente preferían retratar a otros familiares o amigos? Nico sabía que la respuesta correcta era demasiado simple, demasiado vil, demasiado hiriente como para dudar de la veracidad de la misma.


