Yo no tengo pesadillas. Tengo sueños.Incluso cuando me persigue un monstruoso ser antropomorfo y mis piernas se quedan inmóviles sin la posibilidad de correr, la adrenalina que me genera estar en una situación límite es tan embriagante que transforma en un sueño memorable lo que a otra persona le hubiera parecido un infierno onírico. Hasta hubo un tiempo hace unos años en el que traté de controlar mis sueños para poder moverme a piaccere durante el letargo, pero esa ya es otra historia que algún día voy a contar.
A pesar de todo lo que dije, hoy a la noche tuve una pesadilla, un terror nocturno paralizante. Pero fue algo más, fue una metapesadilla. Mientras yo dormía, soñaba que dormía y soñaba. ¿Y que soñaba? Que dormía y soñaba. Como una mamushka, pesadilla se encajaba en pesadilla y formaban un hilo conductor hasta mi persona física, dormida.
En la pesadilla madre (¿no llegaba al infinito esta cadena de pesadillas?) yo me encontraba en la cama y había algo que me aterraba. Estaba cubierto hasta la cabeza con frazadas y sábanas. El calor me asfixiaba y tenía un zumbido en los oídos que, a medida que pasaban los segundos, aumentaba sus decibeles hasta dejarme prácticamente sordo. Tenía miedo, y no sabía por qué. Mientras trataba de concentrarme en el sueño, veo cinematográficamente en tercera persona mis alrededores y todo parecía normal. Los apuntes desordenados que había leído la noche anterior estaban en el piso; sobre una silla que generalmente cumple la función de perchero estaba el Aleph a medio abrir; había zapatillas rotosas y medias sucias debajo de mi cama; mis lentes reposaban sobre un vaso de agua que estaba vacío. Pero la persiana de la ventana de mi habitación, que da al patio de mi casa, estaba abierta. Tal vez era eso lo que me realmente me asfixiaba. Vaya paradoja. De repente lo vi. Había alguien ahí afuera. ¿Un ladrón, un asesino? ¿Un monstruo que quería devorarme? Vuelvo a la vista en primera persona, saco la cabeza de adentro de las cobijas para confirmar si efectivamente había alguien ahí. Aterrado, mi cuerpo durmiente, aquel de donde surgían los diferentes sueños, se encontraba en un estado de parálisis total. Aunque sabía que soñaba, no me podía mover y el zumbido se tornaba cada vez más y más intenso, tanto que llegué a creer que mis tímpanos se destruirían.
Mi cuerpo soñador no podía reconocer la figura que espiaba desde afuera. ¿Cómo podría? Después de todo si era un ladrón sería un extraño. La luz de la luna iluminaba tímidamente el patio y a través del mosquitero y las rejas de la ventana se me hacía difícil establecer con seguridad si la figura de afuera era real o un efecto de mi imaginación. Tal vez mi mente me quería jugar una mala pasada. Pero durante un segundo, mi cuerpo soñador pudo reconocerlo. El horror dominó por completo mi cuerpo durmiente y sentía que mi calor corporal me iba a terminar asesinando, que el zumbido finalmente me iba a sordo. Trataba de despertarme, no quería morir, pero las cobijas funcionaban como una prisión y no podía destruir los grilletes que me ataban a la metapesadilla. Sí, había alguien afuera. Y estaba mirando por la ventana.
Tengo miedo. Nuevamente, trato de librarme de mi prisión onírica, quiero irme, pero no puedo, quiero mover las piernas, los brazos, pero mi cuerpo tiene el triple de peso y siento un fuego que emana de mi alma. Él me obliga a soñar, me fuerza a verlo. No sé que hacer, ¿debo esperar la muerte?
Utilizando las pocas fuerzas que me quedan, giro la cabeza y poso mis ojos sobre el ente diabólico: la única defensa posible que me queda es desafiándolo con la mirada. A medida que pasaba la vista por todo el cuarto para llegar hasta Él, siento que la distancia entre los dos se agranda, casi como si de una forma sobrenatural el espacio se ensanchara entre nosotros para que Él continuase con la tortura. Pero finalmente llego y lo miro a los ojos. Me mira. Nos miramos.
Quedo estupefacto: lo reconozco. No puedo creer que era Él quien me había obligado a verlo. No puedo creer que había sido Él quien había causado la metapesadilla. No puedo creer que espiando detrás de la ventana... me encontraba yo mismo.
Y finalmente desperté.
